Cómo el Acuerdo de Kunming-Montreal busca revertir la sexta gran extinción y los desafíos para hacerlo realidad.
Adoptado en diciembre de 2022, el Marco Mundial de la Biodiversidad de Kunming-Montreal estableció el objetivo de proteger al menos el 30% de las tierras y océanos del planeta para 2030. Este pacto, conocido popularmente como “30x30”, busca detener y revertir la pérdida de biodiversidad mediante la creación de áreas protegidas efectivas y equitativas. Los países firmantes también se comprometieron a restaurar el 30% de los ecosistemas degradados y reducir a la mitad los subsidios que fomentan la destrucción ambiental. Sin embargo, el acuerdo no es legalmente vinculante, lo que plantea dudas sobre su cumplimiento real.

Una crisis silenciosa pero devastadora
La humanidad se enfrenta una de las mayores pérdidas de biodiversidad desde la desaparición de los dinosaurios. Según la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), cerca de un millón de especies están en peligro de extinción. La fragmentación de hábitats, la sobreexplotación de recursos, la contaminación y el cambio climático son las principales causas. Lo más alarmante es la velocidad: la tasa actual de extinción es de 100 a 1000 veces superior a la natural. Este colapso biológico amenaza no solo la vida silvestre, sino también los sistemas que sustentan nuestra propia supervivencia.

Áreas protegidas: mucho más que reservas naturales
Proteger el 30% del planeta no significa solo declarar parques nacionales. El reto está en garantizar su efectividad ecológica y su gobernanza inclusiva. Las áreas protegidas deben diseñarse con criterios científicos, conectividad ecológica y respeto por los derechos de las comunidades locales e indígenas. De hecho, se estima que más del 80% de la biodiversidad terrestre se encuentra en territorios gestionados por pueblos originarios, por lo que su participación es clave. La conservación debe ser socialmente justa para ser sostenible.
Esto es esencial en la medida en que las comunidades indígenas representan uno de los ejemplos más sólidos de relación equilibrada entre seres humanos y naturaleza. Sus formas de vida, construidas a lo largo de siglos de observación y adaptación, se basan en el uso sostenible de los recursos, la transmisión intergeneracional de conocimientos ecológicos y una visión del territorio como un sistema vivo con el que se mantiene un vínculo espiritual y de corresponsabilidad. Allí donde sus derechos territoriales son reconocidos, los ecosistemas muestran mayores niveles de integridad paisajística y ecológica, menor deforestación y una biodiversidad más rica y variada.

Financiación y monitoreo: el talón de Aquiles
Cumplir el 30x30 requiere una inversión estimada de 200.000 millones de dólares anuales. La financiación es uno de los mayores obstáculos, especialmente para los países del Sur Global, que albergan la mayor parte de la biodiversidad. Además, el seguimiento de los avances depende de mecanismos de monitoreo transparentes y datos abiertos, algo que aún está en desarrollo. Iniciativas como el Global Biodiversity Framework Fund del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF) son pasos en la dirección correcta, pero todavía insuficientes.

Más allá del 30x30: transformar nuestra relación con la naturaleza
El acuerdo global de biodiversidad es un paso fundamental, pero no puede verse como un fin en sí mismo. Proteger el 30% del planeta y alcanzar los 10 objetivos esenciales, debe ir acompañado de cambios estructurales en los modelos de producción, consumo y planificación territorial. La conservación no debe aislarse del desarrollo, sino integrarse en todas las políticas económicas y sociales.
Los profesionales del medio ambiente tienen un papel clave en impulsar esta transición ecológica, aportando ciencia, innovación y gobernanza. La naturaleza no necesita solo ser protegida: necesita ser reconocida como base de nuestra supervivencia.
En resumen, los primeros tres años (2022–2025) tras la adopción del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal muestran logros innegables, especialmente en términos de elaboración de estrategias nacionales, movilización de fondos iniciales, reconocimiento de derechos indígenas y avances en la protección de áreas. No obstante, estos avances están lejos de garantizar el cumplimiento pleno de las ambiciosas metas para 2030.
La principal valoración es optimista, pero cautelosa:
- Optimista, porque se han sentado las bases institucionales y políticas para una acción transformadora. Las estructuras para ejecución y financiamiento ya están en marcha con ciertas iniciativas concretas.
- Cautelosa, porque los principales desafíos —financiación masiva, calidad de las áreas protegidas, monitoreo efectivo, participación real de comunidades indígenas— siguen siendo serios y pueden comprometer la consecución de los objetivos si no se abordan con urgencia.
Para los profesionales del medio ambiente, esto significa que el Marco de Kunming-Montreal es una herramienta poderosa, pero su impacto dependerá críticamente de cómo se traduzca en acciones reales, vinculantes y bien financiadas. En los próximos años, será clave hacer un seguimiento riguroso (reportes nacionales, indicadores, auditorías de financiamiento) para asegurar que los compromisos se conviertan en protección tangible de la biodiversidad.



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