Pájaros que imitan flores, murciélagos bípedos y gigantes, animales "maleza" y otras insólitas criaturas que pronostica la zoología especulativa.
Cuando en la primavera de 1963 Sendak publicaba Donde habitan los monstruos, el género del cuento tradicional revelaba, una vez más, la profunda inquietud del ser humano por imaginar, crear y dar vida a criaturas fascinantes, a seres que no existían en nuestro espacio y nuestro tiempo y que, sin embargo, suponían, como en esta historia del pequeño Max, una vía de escape donde lo imposible se vuelve posible, haciendo que la fantasía se convierta en un refugio en el que las limitaciones de la vida cotidiana se desvanecen y donde la imaginación podía volar libremente.

Zoología futurista basada en la ciencia
Se decía, a finales del XIX, como gran triunfo del (erróneo) academicismo victoriano, que todas las ciencias clásicas tenían ya su ley estrella: la igualdad en matemáticas, el equilibrio en química, la gravedad en física y la evolución en biología. Evolución, de eso va este post, y de imaginar, imaginar e imaginar que han transcurrido 50 millones de años y no queda ni atisbo del ser humano sobre la faz de La Tierra. ¿Cómo sería entonces la vida vegetal y animal sin la presión humana? ¿Qué mecanismos accionaría la selección natural para generar las formas de vida de ese tiempo?
Estas cuestiones tan intrigantes recorrieron la mente del paleontólogo escocés Dougal Dixon (1947) cuando publicó en 1981 su obra cumbre After Man: A Zoology of the Future, una obra no exenta de polémica en la que Dixon mezcla ciencia y ficción para pronosticar las especies que, libres de la influencia humana, se habrían adaptado a nuevos nichos ecológicos dados por el movimiento de las placas tectónicas y siguiendo las leyes conocidas de la paleontología, la biogeografía y la zoología general.

Nuevos seres, mismas leyes
Ficción gráfica o artística aparte, Dixon quiso aplicar en su especulación zoológica las mismas leyes evolutivas conocidas que, por ejemplo, determinan la aparición de nuevos taxones según la radiación adaptativa (Darwin, 1859), el tamaño y volumen de los taxones atendiendo al gradiente de distancia entre los polos y al ecuador (Reglas de Allen y Bergmann, 1847) o las adaptaciones específicas entre depredador y presa (Ehrlich, 1964) conformando así una biocenosis muy distinta a la que hoy puebla los múltiples ecosistemas de La Tierra.
En este sentido, Dixon propone la existencia de nuevas presas y depredadores que entretejerían una cadena trófica cuyas especies dominantes procederían evolutivamente de aquellas especies que más se beneficiaron de los entornos humanos, ya destruidos, como los conejílopes y los falangos, descendientes de conejos y ratas, que ocuparían el mismo nicho que los cérvidos y los cánidos actuales, sapos que imitarían flores para mimetizarse, mamíferos zancudos que pescarían en embalses de agua sustituyendo a las garzas, murciélagos gigantes como los del Eoceno, enormes reptiles vermiformes en los desiertos o herbívoros mastodónticos que ocuparían las praderas frías y habrían desarrollado cascos córneos para protegerse de los depredadores.

¿Y qué será de los primates del futuro?
En After Man, Dixon prevé que las especies altamente especializadas que hoy sufren amenazas habrán desaparecido. Los grandes simios que todavía sobreviven en las masas forestales húmedas como los gorilas de la niebla o los orangutanes, también se habrán extinguido, pero no así los demás primates, los pequeños biotipos arborícolas que medran en los estratos más altos de las selvas y junglas y que, libres de depredadores, bajarán de los árboles para generar nuevas especies en las sábanas abiertas. Dixon continúa atribuyendo a estas especies dos rasgos esenciales para su segundo gran éxito evolutivo: el trabajo gregario –la vida en sociedad– y el desarrollo de su inteligencia, que los hará, incluso, capaces de construir pequeños poblados con chozas de maleza. ¿Serán estas especies la materia prima para otros humanos?

La evolución nunca para
Cuando estudiamos el árbol filogenético de la vida en la Tierra, es posible que, erróneamente, pensemos que la evolución es algo del pasado, pero para nada es el caso, la evolución está teniendo lugar hoy día y ahora mismo, y seguirá haciéndolo en el futuro, después de que los seres humanos ya no existamos. Aunque buena parte del libro de Dixón sea ficción especulativa, los biólogos si están de acuerdo en algo: dentro de 50 millones de años la vida en la Tierra nos parecería la de un planeta alienígena.
Es cierto que no disponemos de una máquina del tiempo para viajar 50 millones de años hacia delante, pero la ciencia, sí ha sido capaz de viajar 50 millones de años atrás gracias a la paleontología, y ofrecernos una idea bastante aproximada de cómo era la vida en nuestro planeta, en pleno periodo Eoceno. Sin duda, la biocenosis de aquel tiempo es muy diferente a la que existe hoy: grandes aves depredadoras de la altura de un ser humano, elefantes con trompas incipientes, jabalís mastodónticos, rinocerontes bicornudos, murciélagos gigantes, felinos acorazados o megareptiles submarinos. Al ver en láminas las recreaciones de sus fenotipos, un auténtico bestiario de lo extraño es posible que asimilemos que tal vez, el mundo de Dixon, no sea ninguna locura.

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